Reseña de «Necrofagia» de Curtis Garland
Ya os he hablado más de una vez de Curtis Garland en varias reseñas que he compartido por estos lares. No os sorprenderá que sea un escritor de la literatura popular vernácula que me gusta, puesto que me he prodigado en reseñarlo en varias ocasiones. He leído ya bastantes novelas de Juan Gallardo Muñoz —la persona que firmaba con ese y otros seudónimos— y está claro que admiro su producción desbordante durante décadas, así como el nivel de calidad medio que conseguía dotar a sus bolsilibros.
Sin embargo, mientras escribo esta reseña —que en principio tenía pensado que fuese corta—, me ha dado por reflexionar sobre algo que se me había escapado. Apenas he leído terror de este autor. He debido de leer al menos un centenar de sus bolsilibros, pero de terror creo que solo dos o tres. Ahora mismo solo recuerdo La noche de la momia, que por cierto me gustó más que la presente. Casi todo lo que he leído de él es western o policíaco. Aunque ya sabemos que estamos ante un autor tan prolífico que no le hizo ascos a ningún género.
Así que con este Necrofagia pensé en hacer un poco de justicia y equilibrar un tanto mi dieta lectora con él. Además, en terror este gran autor patrio está muy bien considerado; no pocos lectores lo tienen por uno de los mejores en ese ámbito, o incluso piensan que hizo sus mejores obras bajo ese género.
Necrofagia nos lleva a un ambiente victoriano inglés. Situada en 1887 en el pueblecito de Gatescastle, la novela arranca con una comunicación epistolar entre una joven enferma y un apuesto muchacho que se relacionan a distancia. Esa relación romántica de corte clásico llega al drama inicial con la muerte de la chica en las primeras páginas. Pero ahí no queda el asunto: para un arranque potente, Gallardo sienta las bases enseguida. El cuerpo de la joven ha sido desenterrado y devorado parcialmente, en apariencia por un ser humano. Un caso horrible de necrofagia en ese tranquilo villorio.
El bolsilibro empieza con buen pulso y muestra a Garland moviéndose con tino en esos ambientes que tan bien maneja, con ese toque cinematográfico —quizá deudor de la Hammer— y ciertas connotaciones a clásicos góticos con los que suele sentirse tan cómodo. Las influencias de la novela negra y detectivesca también están presentes, al plantearnos un misterioso caso de necrofagia que va extendiéndose por el pueblo con la violación de más tumbas y más cuerpos devorados.
Sin embargo, el autor no parece tener del todo claro adónde se dirige, y en mi opinión el libro va perdiendo fuelle. Es completamente lógico, en el nicho de los bolsilibros, toparnos con narraciones hijas de sus circunstancias. Autores escribiendo muy rápido para cumplir los plazos de entrega y sin posibilidad de corregir nada. En el caso de Garland se sabe que, dada su maestría y velocidad, era capaz de entregar varias novelas por semana, y eso a veces se nota y repercute en la calidad, como creo que es el caso aquí.
La narración va divagando por varios derroteros: desde el horror puro a la tragedia romántica, pasando por el whodunit, e introduciendo a un buen número de personajes secundarios cliché de forma un tanto atropellada, como la espiritista, el científico loco y otros de similar raigambre.
Y finalmente todo se resuelve con lo que yo llamo, en el argot interno del lector de bolsilibros, el síndrome de «la pila de cuartillas al lado de la máquina de escribir es demasiado alta y tengo que acabar». Un mal que sufren algunos autores por lo particular de este medio y que —lo confieso— a mí mismo me ha pasado como escritor en alguno de mis propios bolsilibros. Aquí, el bueno de Curtis opta por una conclusión un tanto carnavalesca que mezcla gore, explicación y urgencia, coronada por una petición de mano en medio de la situación más surrealista imaginable.
Como habéis podido ver, Necrofagia no me ha convencido. A pesar de considerarme fan declarado de este escritor, quizá sea uno de sus bolsilibros más flojos, o quizá me ha pillado en un mal momento. Tal vez juegue también en su contra que he leído tantos libros suyos que, de algún modo, te adelantas a la jugada: lo ves venir. Cuando Garland juega con la dicotomía entre explicación lógica y hechos sobrenaturales, quienes le hemos leído mucho ya nos imaginamos cómo va a acabar el asunto. Y ahí le vemos los hilos al titiritero que trata de impactarnos cuando... nos olemos la tostada.
De todos modos, mirando otras reseñas de compañeros parece que este bolsilibro sí que les ha gustado, así que no toméis demasiado en cuenta mi opinión. Yo, por mi parte, leeré otro del gran Curtis Garland. Seguro que tengo más suerte la próxima vez; las posibilidades están de mi parte.
P.D. Si os ha gustado la reseña, os pediría que echéis un vistazo a los bolsilibros que escribo. Quizá puedan gustaros, los tenéis aquí.
Alfonso M. González (Alan Dick, Jr.)
1973, Bruguera. Colección Selección Terror nº 35
