«Querida Katty» de Silver Kane: cuando fallar engrandece
Querido Silver Kane. Sé que trabajaba usted muchísimo. Escribió centenares de novelas cortas de bolsillo y fue periodista y escritor durante décadas. Por consiguiente soy consciente de que su nivel de producción era inhumano, increíble. Como escritor, modesto y muy lejano a su grandeza, me cuesta comprender cómo podía compatibilizar su trabajo de periodista y abogado con la labor de continuar escribiendo bolsilibros para Bruguera sin cesar. Y además hacerlo con una calidad alta, convirtiéndose en uno de los mejores escritores de la casa y seguramente de los que más vendía.
He leído esta novela de Selección Terror y no me ha gustado demasiado. Y me ha dado por reflexionar que, más que una anomalía, debería ser un hecho normal y habitual. ¿Cómo es posible que escribiese tanto, con tan poco tiempo disponible, y casi siempre dejase contento a sus lectores?
Algo parecido a esta carta le mandaría al bueno de Francisco González Ledesma si tuviera la ocasión. Recuerdo que en algún grupo de bolsilibros algunos compañeros comentaban que no les solía gustar Silver Kane cuando escribía el género de terror. Yo las novelas que había leído suyas en la colección Selección Terror de Bruguera no me habían parecido mal. Es cierto que en algunas mezclaba de forma conveniente su vena de novela negra con el terror, y me parecían satisfactorias.
La verdad es que no he leído demasiadas de este autor en este género. Por supuesto me he adentrado más en el western —donde estaba considerado un maestro— y en los bolsilibros de detectives y género negro donde demostró su valía años más tarde, fuera de seudónimo, con la saga del inspector Méndez y otros grandes libros.
El caso es que sí he encontrado en Querida Katty un bolsilibro irregular. Me atrevo a decir que malo. Casi con toda seguridad lo peor que he leído del autor.
Pero eso me sirve para reflexionar. ¿Cuántos bolsilibros escribió en su carrera? ¿A qué ritmo? ¿Alguna vez nos hemos parado a pensarlo de manera realista?
Si no sois escritores y simplemente leéis y disfrutáis, quizás penséis que esto era una fábrica de churros sin fin... y además que debía estar bien sabrosos. Pero a poco que os hayáis metido en estas lides creativas os podéis hacer una idea de que lo que hacían los autores de bolsilibros era casi de superhéroes. Al menos a nivel de producción.
Querida Katty es de 1973. Por aquella época Ledesma ya trabajaba como periodista nada menos que en La Vanguardia. Imaginad trabajar una dura jornada laboral y luego robarle horas al sueño para escribir el bolsilibro correspondiente. Además, si no recuerdo mal, para esa fecha ya era redactor jefe. Estuvo veinticinco años en el prestigioso diario y llegó a ocupar ese cargo de vital importancia.
Así que poneos en su lugar. El autor declaró en alguna ocasión que llegó a escribir hasta tres novelas de Bruguera al mes. Es probable que en los más de treinta años que estuvo haciéndolo de forma ininterrumpida en alguna ocasión fuesen más...
¿Adónde quiero llegar con todo esto? Pues a humanizar a los escritores de la cultura popular vernácula. Sobre todo los que tenían éxito y se les demandaban más y más libros para alimentar los hambrientos quioscos ávidos de literatura para masas que se vendía como pan caliente.
Imaginad, completar vuestra jornada laboral en La Vanguardia, llegar a casa, ocuparos de la familia y luego escribir durante unas horas, antes de que el sueño os venza, el bolsilibro de turno. Y hacerlo una y otra vez.
Por eso soy más condescendiente con Querida Katty. Lo habitual es que Silver Kane tuviese tan automatizado su oficio de escritor pulp que confiase plenamente en su instinto y saber hacer para completar una novela corta en varias jornadas y conseguir un resultado digno. Sin embargo, a veces, como en mi humilde opinión es este caso, no lo lograba.
Pero voy a hablar un poco de Querida Katty en sí, que para eso se supone que estoy aquí. La historia comienza con el hallazgo del cadáver de una mujer, que funciona a modo de prólogo de lo que habrá de venir. Aunque Ledesma parece al principio conducir la obra por las aguas del policíaco, con rapidez gira el timón y nos sumerge en una historia de casa encantada y terror con sus correspondientes clichés. La bella Katty ha llegado a una población de San Francisco tras el fallecimiento de su tía en extrañas circunstancias y se alojará en una casa misteriosa que ha heredado y lo cierto es que no promete nada bueno.
La trama comienza a perderse pronto, con unas desdibujadas decisiones de tono que pasan desde la mujer misteriosa cercana a la femme fatale, hasta la dama en apuros al capítulo siguiente, aderezado con volantazos al gusto como vampirismo racionalizado, prostitución, incluso caciques espontáneos que parecen salidos de un western del autor que nunca encajan y, en general, un sinsentido generalizado de aúpa.
Por citar algún ejemplo: los supuestos vampiros que aparecen de forma accidental violan a la protagonista en un par de ocasiones… porque sí. No parece haber ninguna justificación argumental, y ella pasa página casi sin inmutarse. Es lo que hay, o algo por el estilo. Es cierto que eran otros tiempos y otra sociedad, aunque no deja de antojarse irreal por lo caprichoso y desconectado que parece.
La aparición de un héroe de manual que se saca de la manga el autor trata de reconducir este desaguisado cuando es, a todas luces, imposible. Solo el final recupera un tanto el pulso que nunca tuvo, reconduciendo todo con el prólogo que prácticamente habíamos olvidado.
Querida Katty es quizá uno de los peores bolsilibros del autor. Pero a su vez lo que hace es glorificarlo, porque nos permite reflexionar: ¿cómo es posible que pudiese hacer novelas tan apasionantes, buenas y dignas escribiendo tantísimo y con tan poco tiempo? Al ver estas más flojas nos damos cuenta de que era humano. Y nos hace apreciar todavía más su trabajo cuando está a la altura, que solía ser lo habitual.
Alfonso M. González (Alan Dick, Jr.)
Si os ha gustado la reseña, os pediría que echéis un vistazo a los bolsilibros que escribo. Quizá puedan ser de vuestro interés, los tenéis aquí.
1973, Bruguera. Colección Selección Terror nº 9. Cubierta: Alberto Pujolar


