Creo que ya va siendo hora de ampliar la información con datos importantes de este weird western. Y uno de ellos es la autoría. ¿Quién hay detrás de ese enigmático H. Delbruck?
Una de las ideas que tenía en mente cuando otros autores se unieran a mis colecciones era que escribieran también con seudónimo. Lo mío de Alan Dick, Jr. fue una forma de mantenerme fiel a los bolsilibros originales, en los que en la gran mayoría de los casos los autores no podían usar su nombre real. Y ahora os confieso también que fue un modo de esconder un poco mis vergüenzas en caso de que no lo hiciese del todo bien...
Intuía que en algún momento llegaría el instante de añadir otras plumas y conseguir que las colecciones fueran más parejas a las clásicas en todos los sentidos, en las que alternaban constantemente diferentes autores. En mi concepción ideal, lo mejor es que los compañeros que escribieran en la colección también usaran seudónimos.
Con Xavier Marturet no lo conseguí. También es hasta cierto punto normal que compañeros con más obra a sus espaldas no quieran diluir de algún modo la autoría con otros nicks que quizá puedan despistar a sus lectores. Lo que es curioso es que el nombre de Xavi en combinación con su apellido puede sonar incluso extranjero o bolsilibresco.
Pero ahora llega el momento de Luis Miguel Ferrer Bailach. Quise apostar por él porque me demostró que tenía instinto y hechuras de escritor a pesar de estar comenzando en el oficio y, cuando le propuse la posibilidad de adoptar un seudónimo para seguir el juego que era habitual en los bolsilibros, no me puso ninguna pega.
Pero mejor será que se presente él mismo:
Nacido en Zaragoza en 1977, en el seno de una familia obrera. Mi padre disfrutaba dibujando y construyendo maquetas; mi madre tuvo que lidiar con dos pequeños demonios que se pasaban el día pegándose. En casa era habitual ver una mesa repleta de tanques Tamiya y otra cubierta de tebeos y blocks de dibujo donde copiaba indistintamente a Mortadelo y a Lobezno.
Gracias a mi padre, que conservaba una colección de cómics Marvel regalados por los americanos de la base militar de Zaragoza en los años 50, «leí» sin saber inglés una y mil veces aquellas historias. Esa influencia hizo que, desde muy niño, quisiera tener mi propia colección. Me enganché especialmente a los mutantes de Marvel. Con poco dinero y muchas colecciones que seguir, había que elegir. Esas fueron mis primeras lecturas voluntarias, junto con los libros que llegaban a casa gracias al Círculo de Lectores —un contrato que obligaba a comprar al menos un libro al mes y que yo mismo elegía—. El Señor de los Anillos, El Hobbit, algo de Asimov, varias novelas juveniles que ya no recuerdo… Muchos se quedaron en la estantería sin leer.
Ya en la adolescencia, con el carnet de biblioteca recién sacado, me sumergí en la ciencia ficción clásica: Philip K. Dick, Bradbury y los best sellers de cada autor. La primera saga que me atrapó de verdad fue Dune, de Frank Herbert.
En la Escuela de Artes de Zaragoza, un amigo —a quien hoy considero mi mentor involuntario— vio que iba con libros de la biblioteca y me preguntó: «¿Te gusta leer? Pues busca a este autor: Pratchett». Aquello me cambió la forma de ver los libros, los autores y las historias. Podías crear mundos imaginarios, aventuras divertidas, pero también lanzar mensajes, hacer críticas… ¡y todo con un humor desternillante! Me lancé al Mundodisco cuando llevaba publicadas unas cinco o seis novelas; las devoré con avidez y luego me tocó esperar pacientemente cada nuevo libro del maestro, que salía más o menos cada año.
Por aquella época también descubrí a Orson Scott Card (la saga de Ender) y la serie de Rama, de Arthur C. Clarke. ¡Ah, los buenos tiempos! Sin trabajo, viviendo con los padres, con tiempo libre… y, sobre todo, sin redes sociales.
Siempre me picó el gusanillo de escribir, pero solo lo hice en algún trabajo de clase o redacción larga de tema libre.
Años más tarde, ya calvo y con una hija, aproveché las vacaciones para desconectar: dejaba el móvil apagado en un cajón durante una semana y me animaba a escribir. Tengo varios relatos cortos, pruebas, algunos sin mucho sentido, pero que me daban el placer de dejar volar la imaginación. Los primeros los escribí a mano, en libretas; me gustaba sentir las historias de forma física. Cuando quise pasarlos a digital para no perderlos, descubrí lo pesado que era reescribir todo dos veces… ¡Inocente de mí, no sabía lo que me esperaba años después con Canyon Creek!
Esto lo repetí durante varias vacaciones navideñas. Ya escribía en portátil o tablet con teclado. Ahí siguen esas historias —casi todas de ciencia ficción, con toques de terror y algo de aventura— en una carpeta de Drive, esperando ser releídas, corregidas, quizá ampliadas y terminadas.
En un momento dado, mis pasos se cruzaron con los de Alfonso Martínez. Lo conocí gracias a su podcast Gaikan Japan Limited. Yo acababa de hacer mi primer viaje a Japón y ya planeaba el segundo. Tras varios comentarios en su podcast y el buen rollo surgido también con otro podcast de temática japonesa, nació una relación que nos llevó a conocernos en persona en el Triángulo Friki de Barcelona, allá por 2021. No recuerdo si por entonces Alfonso ya le habían publicado Retrogaming Tales o lo tenía a punto de sacar; el caso es que poco después empezó a editar libros y bolsilibros. Montó la editorial SEGASaturno Productions y lanzó otro pódcast sobre los inicios de un escritor novel (él mismo): el proceso creativo, editorial, de venta y promoción, y todos los entresijos de publicar historias e intentar que alguien pague por leerlas. En alguna conversación le comenté mi afición por escribir relatos y me animó a probar algo más largo. La charla fue algo así:
«Oye, Luis Miguel, ¿te animarías a escribir un bolsilibro? Podríamos sacarlo con mi editorial. Quiero tener más autores además de Alan Dick Jr. Estoy pensando en ampliar temáticas… Si te apetece, tengo “libres” las románticas y los westerns».
No lo dudé. Seguí varios consejos de su podcast Empezando a escribir, me lo tomé en serio como un trabajo —unas horas al día en la biblioteca— y así nació la primera versión de Canyon Creek. Empecé exactamente el 22 de enero de 2022. El primer borrador me costó un mes, escribiendo de lunes a jueves entre una y dos horas diarias.
Canyon Creek quedó guardado a la espera de publicarse en SEGASaturno Productions. Pasaron meses, pasaron años. Cada cierto tiempo volvíamos al tema: «A ver si sacamos tu libro, Luis Miguel».
Mientras tanto, como me apetecía seguir en el Far West, escribí Siete Calaveras, otro bolsilibro inspirado en la letra de una canción de La Frontera.
Finalmente, en 2025, Alfonso me propuso sacar Canyon Creek a principios de 2026. De tener el libro escrito y dormido desde 2022, de repente hubo que releerlo, corregirlo, recortar por algún lado, ampliar un poco el final, buscar ilustración para la portada, maquetarlo… Tras un final de año frenético, publicamos Canyon Creek: la primera obra de Weird Western (western con toques sobrenaturales) en la colección miscelánea de la editorial.
Y aquí estamos: muy contento y emocionado por tener mi primera novela editada, deseando que la gente la lea y disfrute de la historia.
Creo que poco me queda por añadir. Yo también estoy contento de haber hecho debutar a un escritor en mi humilde editorial independiente. El trabajo de elaboración del libro ha sido muy sano y natural, y la colaboración ultimando el manuscrito con Luis Miguel me ha enseñado mucho como editor.
Os recuerdo que Canyon Creek sigue en preventa con extras. Podéis comprarlo ahora a un precio especial y con bonus por tiempo limitado. Os dejo el enlace.
Por cierto, la campaña del preorder está yendo genial. Se han vendido ya casi una cincuentena de libros en pocos días. ¡Parece ser que el weird western tira y que Luis Miguel arrastra lectores!
Ahora que lo pienso, cuando me propuso lo de H. Delbruck la verdad es que me gustó la sonoridad y lo acepté sin rechistar. Conociendo lo que le va el humor a Luis Miguel debería haberlo imaginado.
Espero que os guste Canyon Creek. ¡Gracias por leer!